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Un amor de cuatro patas 🐶

  • Foto del escritor: Ofelminda Pachón
    Ofelminda Pachón
  • 25 jun 2020
  • 3 Min. de lectura

Cuando nos conocimos estaba muy delgada, tenía sus ojos opacos, tristes, carecía de pestañas y cejas, era evidente que había sufrido mucho, quizá había estado en la calle por semanas o meses, sin embargo el latido de su corazón garantizaba la vida y valía la pena acompañarla en esa lucha. A mediados del 2012 una amiga publicó en sus redes sociales que había encontrado una perrita y estaba buscándole hogar, inmediatamente sentí un instinto de protección y me conmovieron sus fotografías así que mi esposo y yo nos dimos a la tarea de ir a recogerla. Era una Beagle, pequeña, cabizbaja, muy asustada, sin embargo a penas nos vimos corrió a mis brazos y empezó a olerme y lamerme de modo que al instante se creo una conexión indescriptible y la llevamos a casa.


El nombre que elegimos para la nueva miembro de la familia fue Lulú, que corresponde al diminutivo de Luisa que significa “luchadora”. Llevamos a Lulú a la clínica veterinaria donde quien la revisó indicó que su edad aproximada era de 1 año y medio, evidenció un estado de desnutrición importante, le indico medicación para desparasitar y así mismo se programó para cirugía de esterilización. Su cirugía fue exitosa, sin complicaciones y estaba lista para compartir en nuestro hogar. Los primeros días fueron un tanto difíciles pues enseñar los hábitos de alimentación, así como de excreción fueron un caos; se comía mis alimentos, mordía los muebles, rasgaba las cortinas, corría como loca en la casa y destruía todo a su paso. Así mismo había restos de orina y heces por todo el lugar. Mi esposo era muy exigente con el aseo así que fue necesario aprender acerca de la enseñanza de buenos hábitos a nuestra compañera.


La llegada de Lulú a nuestra vida implicaba una adaptación paulatina tanto para ella como para nosotros. Temas importante como la elección de su comida, la toma de agua, adecuar su lugar dónde dormir, determinar horarios fijos para salir a pasear, para hacer sus necesidades y de hecho el tema de la recolección de sus residuos, todo un proceso de cambio que a la larga resulta ser maravilloso. Identificamos que para afianzar su seguridad íbamos viendo cómo respondía a nosotros, probando, siempre sin forzar, con situaciones nuevas como ir a un parque con más perros, pasear por lugares concurridos, darle a probar concentrado y notar el de su preferencia y llenarla de todo nuestro cariño para que se sintiera parte de la familia.


A los 3 meses empezamos a llevarla a pasear a la finca donde ella disfrutaba de un espacio de 6000 mts cuadrados para correr, saltar, rascarse el lomo, perseguir patos, gatos y aves. Se divertía mucho en compañía de el “Abuelo” nuestro hermoso labrador dorado que habitaba la propiedad. Se paseaban juntos por la vereda, consiguieron más amigos, habían formado una manada y eran muy conocidos por la zona. De igual manera empezamos a notar, con alegría, que subía de peso, había ganado masa muscular y era una perrita muy feliz. Se mareaba en el carro y debíamos parar, darle agua, sin embargo disfrutaba mucho asomar su hocico a la ventana para recibir el aire puro que se respira fuera de Bogotá.


Lulu fue creciendo, madurando, ya completamente adaptada a nosotros y a nuestro estilo de vida, un día empezó a lamer mi abdomen y lo hacía en repetidas ocasiones; a las pocas semanas presenté un dolor lumbar muy fuerte por el cual consulté a urgencias donde nos dieron la magnífica noticia de nuestro embarazo. Durante los 9 meses Lulú me consintió mucho, me acompañaba en largas caminatas, lamia mi panza y el día que llegamos con el bebé a casa se recostó a su lado y su instinto maternal se mostró de la manera más sublime de manera que desde ese instante se convirtió en protectora de mi hijo.


La perrita llegó a nuestra vida para enseñarnos que a veces las palabras sobran, que la compañía y el cariño verdadero, sincero, se expresan de diversas maneras como batir la cola, lamer la panza embarazada, recostarse a tu lado o simplemente mirarte con ojos brillantes por horas y decirte tanto con un abrazo perruno. Adoptar un animalito es un maravilloso acto de amor que fomenta valores, una convivencia más armoniosa y contribuye a frenar la sobrepoblación de animales en las calles. Es una responsabilidad para toda la vida, donde hay un compromiso de cuidar, proteger y amar a este ser vivo que merece una vida digna y feliz como todos los seres que habitamos el planeta tierra.

"Hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida", Anatole France.




 
 
 

7 comentarios


Miembro desconocido
20 ago 2020

El amor verdadero lo encontré en mi perrito. Gracias por escribir tan bonito el amor por los peluditos

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Miembro desconocido
04 jul 2020

Guau

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Miembro desconocido
29 jun 2020

quiero una mascota

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Miembro desconocido
26 jun 2020

Adoptar un perro es brindar una oportunidad de vida

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Miembro desconocido
26 jun 2020

linda Lulu

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