Amor, Compromiso y Vocación
- Ofelminda Pachón
- 26 jul 2020
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En el año 2000 a mediados de septiembre, luego de una prueba de admisión difícil, fui citada a entrevista en la Universidad del Rosario; recuerdo muy bien que era un jueves, asistí con el mejor traje, muy elegante y muy segura que me iba a ir bien. Quizá no tengo tan buena memoria para recordar absolutamente todas las preguntas, pero si hubo una que considero ha marcado mi trayectoria laboral: ¿Por qué quieres ser médico?, a la que sin titubear respondí “porque quiero ayudar a la gente”. Es una frase cliché que hemos escuchado a muchos, pero para mí fue un compromiso con la profesión que elegí, pues ser médica es ir más allá de la valoraciòn del paciente o de colocarse con orgullo una bata, es un acto de amor independiente de la especialización que se haya elegido.
Luego de 78 meses de estudios me graduaba muy feliz con tan solo 21 años, con la ilusión de ser especialista y seguir aprendiendo. Inicié una especialización médico quirúrgica preciosa, pero lastimosamente no fue la mejor decisiòn y antes de terminar el primer año decidí retirarme pues no cumplía con las expectativas que me había trazado como persona y mucho menos con el futuro que soñaba. Entonces llegó una oportunidad diferente de trabajo donde me contrataron para ser médico empresarial de 5 cultivos de flores en la sabana de occidente de Bogotá. Un contraste absoluto con las salas de cirugía, los partos, las cesáreas y demás procedimientos que tuve la fortuna de llevar a cabo. En este nuevo rol debía atender, en su mayoría, a mujeres de mediana edad, cabeza de familia, con una antigüedad en su trabajo superior a los 15 años y por ende con problemas físicos y mentales desfavorables; eran las gestoras de las maravillosas rosas que muchos hemos recibido como mensaje de amor y tras las cuales se viven infinitas historias de campesinos colombianos que dan su vida literalmente por una flor.
Diariamente viajaba desde el norte de la ciudad a los magnos cultivos de rosas, un viaje muy agradable en mi vehículo, sola, con música, disfrutando de paisajes magistrales que nuestro fantástico país nos ofrece. Las consultas diarias no solo eran por dolores osteomusculares, ellas querían alguien que las escuchara, que les dedicara unos minutos para valorarlas y hacerlas sentir importantes. La agenda programada de 20 minutos por paciente jamás se cumplió, pues por lo menos 45 minutos les dedicaba a cada una, donde entre las preguntas de la historia clínica y el examen físico descubrí a personas maravillosas que con pocas cosas materiales eran felices, a muchas que tenían miedos, tristezas, otras que se reían conmigo y disfrutaban unos pocos minutos con su doctora. Me fui enamorando de esa labor de evaluar a las trabajadoras, de evidenciar que no solo hay factores ocupacionales que generan patologías, sino que hay un mundo infinito de factores protectores que los médicos laborales podemos desarrollar y así prevenir las desavenencias en salud.
Ingresé a la especialización en salud Ocupacional de mi alma mater con muchas expectativas y con la idea que a través de una consulta médica humanizada, responsable y con amor se podría cambiar el transcurso de una posible patología de origen laboral y así evitar las consecuencias de la misma. En medio de mis estudios surgió una nueva oportunidad de trabajo, donde el sector Educación sería mi nuevo blanco; ya no era la médica empresarial, era la médica laboral del Magisterio donde el rol no era enfocado en la consulta prevencionista sino en la determinación del origen de las enfermedades y la cuantificación de los efectos que dejaban las mismas. Venían tiempos de mucho aprendizaje y de alegría infinita por todo lo que sobrevendría; un médico calificador es un figura muy importante pues a lo largo de su trabajo identifica los factores de riesgo que a través de una relación de causalidad originan una enfermedad de manera que los puede hacer evidentes para promocionar la salud de los empleados.
Estuve 3 años laborando con el Magisterio, aprendiendo a determinar la pérdida de capacidad laboral de una persona, es decir la cuantificación de las secuelas que un accidente o una enfermedad dejan en alguien y me convertí en una de las médicas calificadoras más jóvenes pero con muchísima inquietud y elocuencia a la hora de impartir un concepto. Encontré mi pasión en esas calificaciones, seguí capacitándome, actualizándome y conociendo nuevos sectores del sistema de salud de Colombia. Amando profundamente mi rol calificador pude ingresar a las administradoras de riesgos laborales, donde tuve grandes maestros que me enseñaron y me dieron la oportunidad de progresar y de ligarme permanentemente al sector seguros.
Mi contacto con los pacientes fue disminuyendo con los años dado que mi trabajo se ha enfocado en el aspecto administrativo de la calificación y por lo tanto llegué a sentir que mi propósito al estudiar medicina no se estaba cumpliendo. Un día de esos de introspección llegó un mensaje de una señora que me pedía que la asesora en su proceso de solicitud de pensión por enfermedad; la citè en mi consultorio particular y revisè el caso: una mujer joven de 40 años, profesional , con un carcinoma de mama metastásico, una hija de 6 años, un esposo trabajador; tomè el caso, evaluè el historial clínico, los dictámenes anteriores, entre otros documentos, le di mi concepto médico y la acompañé todo el proceso hasta que efectivamente se declaró su estado de Invalidez. Este caso puntual me hizo comprender que cada vez que un médico laboral analiza un siniestro detalladamente y con todo el compromiso de hacerlo bien, está permitiendo que los recursos públicos sean destinados favorablemente para quien de verdad cumple con lo estipulado por nuestra legislación y de esta manera comprendí que seguía cumpliendo mi juramento personal al decidir estudiar medicina.
Hoy en día sigo siendo médico calificador, también médico ocupacional prevencionista, pues a través de nuestra empresa hemos propendido por el bienestar de los trabajadores de las empresas clientes y hacemos visibles esos riesgos que pueden ocasionar eventos en ocasiones catastróficos y que sinceramente no quisiera calificar. Amo inmensamente mi profesión, mi decisión de ser especialista en salud ocupacional y soy feliz de sentarme horas en la computadora revisando casos, de diseñar un sistema para prevenir enfermedades o de asistir a dictar conferencias, capacitaciones y talleres donde puedo compartir mi experiencia laboral, algunos conocimientos y sobre todo seguir brindando a la gente el cariño y gratitud que siento por permitirme ejercer la maravillosa profesiòn de ser Médica.





Hermoso relato! Muy orgullosa de ti
ser médico es amar a las personas y dar la vida por ellos, en todos los ramos de la medicina siempre ustedes se sacrifican.
los médicos valen oro
La esperamos doc
Una vida al
Servicio de los demás